miércoles, 1 de febrero de 2012

Sobre «Tres historias sublevantes» (1964)


SALAZAR BONDY, Sebastián (1964). «Ribeyro, nueva perspectiva». En: «Suplemento Dominical», de El Comercio, Lima, 31 de mayo, p. 8.

Tras algunos años de silencio, Julio Ramón Ribeyro ha entregado a los lectores, uno tras otro, dos volúmenes de cuentos: Las botellas y los hombres (1964) y Tres historias sublevantes (1964). En el primero, como lo ha señalado la crítica, se desenvuelven diversos cuadros de la banal existencia del más bajo estrato de la clase media peruana, tensa entre sus aspiraciones burguesas y la proletarización a la que inevitablemente la arrastra la estructura económico-social del país. En esa situación, que condena a los seres a negar en la apariencia su deplorable realidad, se engendran el odio y la frustración. Ribeyro se sitúa como crítico del individualismo que aísla a los hombres de nuestra ciudad y alternativamente los transforma en víctimas o verdugos de sí propios. En verdad, en la conducta convencional, el sometimiento a normas hipócritas, el libre comercio de las ambiciones, la inerme disponibilidad de los débiles ante los fuertes, etcétera, dilapidan los oscuros personajes de este mundillo el brío vital que, en la solidaridad, podría ser, y será un día, creador.
Ese clima no prevalece en Tres historias sublevantes. Acá el escritor ha ampliado su perspectiva. No todos —parece decirnos— aceptan la fatalidad de la miseria y su menoscabo. Y para ilustrarlo están estas tres fábulas de la lucha de los desdichados contra la desdicha, que no es un fátum supremo e inapelable sino un reversible estado de cosas cuyo pívote es la injusticia. «Al pie del acantilado» comienza con una frase que define metafóricamente el empecinamiento popular por imponerse a los obstáculos que, contra su anhelo de pervivir afirmativamente, se le oponen: «Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados». Así brota, se arraiga, persiste y se multiplica la familia que escoge el barranco limeño para levantar su precaria casa y trocar el yermo en morada humana, para humanizar —se diría— una naturaleza infeliz a la que ha sido exiliado el hombre sin trabajo ni pan. No importa que el mar, la ciudad, las enfermedades, hagan bajas en esta comunidad de hombres-higuerillas: seguirán fabricando con nada sus casas, poniendo su esperanza sin término en la tierra dura y seca que les han dejado. El cuento realista se torna así parábola. El personaje se subleva contra la poquedad, el narrador se subleva contra la realidad, que transfigura en relato, y el lector se subleva, a su turno, contra ese cuadro vivo y, al mismo tiempo, imaginado de su contorno moral.
No sé si ese es el sentido del participio presente que adjetiva las tres historias de Ribeyro editadas por Mejía Baca, pero en el segundo cuento, «El chaco», versión de una cacería humana —un trabajador que devuelve los golpes sufre el acoso, y, al fin, la muerte, de los perros de presa del gamonal—, lo que en el relato costeño es pertinacia de higuerilla aquí se ofrece como una guerra, si bien desigual, ya con la presencia de un héroe que está próximo a la epopeya. En el escenario andino, Sixto, el hombre cazado, se yergue como un señor de su vida: deja de ser el minero con los pulmones quemados, el deshecho que viene a respirar el aire limpio de sus valles antes de morir. No será, gracias a su último soplo vital, el residuo apenas palpitante del socavón, sino el dueño de la pasión combativa, la que emplea hasta su último aliento para ganarle al feudal la partida. La sublevación en este cuento tiene un triunfo sin victoria, sí, pero anuncia, exento prosopopeya, que el tiempo de la resignación se está acabando y que la libertad no es dádiva sino conquista.
El tercer relato, «Fénix», ocurre más dentro (geográfica y humanamente hablando) y posee un aire felliniano. El pobre circo de provincias, donde el pulsario descaecido ha terminado por ser el contendor de un oso famélico, es ahí, sin duda, un símbolo. El monólogo interior, del que echa mano Ribeyro para contar esta historia, va deshojando una realidad en la que la carpa, el dueño, el enano, la mujer, el oso, la soldadesca, si se quiere, constituyen alegorías de la ruptura del equilibrio entre la pugna y la atracción, del rechazo de un destino impuesto y de la sublevación en que, cuando el enfrentamiento sea directo entre el explotador y el explotado, la ficción circense se torna drama y, más aún, se torna liberación. Cuando Fénix ha derrotado al patrón-oso, puede exclamar: «Soy el vencedor. Si las luces de atrás son antorchas, si esos ruidos que cruzan el aire son ladridos, tanto peor. Los llevó hacia la violencia, es decir, hasta su propio exterminio. Yo avanzo rodeado de insectos, de raíces, de fuerzas de la naturaleza, yo mismo soy una fuerza y avanzo aunque no haya camino, me hago un camino avanzando...». Todo está dicho.
Y todo está dicho —lo cual es fundamental— sin sacrificio de la literatura. El libro es, en cierto sentido, vaticinador, pero, explícitamente, no formula premoniciones. Revela el tesón de la existencia, su inmortal disponibilidad de transformarse y transformar sus productos, desde el individuo hasta la comunidad, por sus propios medios, ya sea reproduciéndose en los desiertos como la higuerilla, convirtiendo el asedio asesino en una hoguera heroica, trocando, la simulación en una sangrienta verdad. Tres historias sublevantes, a diferencia de Las botellas y los hombres, no obstante ser ambos libros del pleno dominio del autor sobre sus temas y sus medios, no contiene la atmósfera gris, paciente, chejoviana —como lo ha señalado Oviedo— de la humanidad de la medianía, sino una suerte de voluntad de acción rebelde a punto de hacer algo trascendental.

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