martes, 7 de febrero de 2012

Sobre «Las botellas y los hombres» (1964) y «Cuentos de circunstancias» (1964)


DELGADO, Wáshington (1964). «Las botellas y los hombres. Tres historias sublevantes». En: Visión del Perú, número 1, Lima, agosto, pp. 29-30.



Si yo tuviera que escribir un ensayo sobre la obra literaria de Ribeyro, lo titularía: «Julio Ramón Ribeyro o la timidez». Efectivamente, todo lo que ha publicado hasta ahora nos da la idea de un escritor cauteloso y agudo, muy seguro de sí mismo, muy dueño de su estilo, consciente de su valor y que, sin embargo, no se atreve a entregarse íntegramente, apasionadamente, en una obra de aliento. Su libro Las botellas y los hombres, en el que aparentemente se recogen cuentos escritos hace ya algún tiempo, confirma esa impresión; son relatos construidos en una prosa exacta y fina, desarrollados con precisión, pero en los cuales se nota muy claramente el alejamiento del autor, una frialdad artística acaso excesiva. Se repiten en este libro habilidades ya conocidas; por ejemplo, la enorme capacidad de Ribeyro para presentar a un personaje en sus rasgos esenciales y dibujarlo con dos trazos exactos; de colocarlo frente al lector inmediatamente. Esta capacidad es un don poético subyugante que le pertenece, casi diría, por naturaleza.

Otra característica notable de Ribeyro es su variedad; acaso no haya habido en toda América Latina narrador tan versátil, de una amplitud intelectual tan grande que le permite desarrollar argumentos diferentísimos y hasta encontrados; dos de sus cuentos más conocidos lo ejemplifican claramente: «La insignia» y «Los gallinazos sin plumas». En Las botellas y los hombres sucede lo mismo; en breve espacio se juntan anécdotas realistas, satíricas y fantásticas; tal vez por eso no hay juicios unánimes acerca de su obra. Yo le hablado con varias personas sobre este su último libro y casi no había dos que estuvieran de acuerdo: uno prefería «Los moribundos», otro «Por las azoteas», otro «Vaquita echada». La versatilidad de Ribeyro está confirmada en los juicios de sus lectores; y también está confirmada su timidez: aunque todos los libros que ha publicado hasta ahora hay unidad estilística, parejo lenguaje e igual sabiduría narrativa, Ribeyro no se identifica nunca con sus temas y sus personajes, parce jugar continuamente con todas las posibilidades que se le abren a su arte exquisito sin demorarse en ninguna; es esta una virtud en la que no conviene perserverar por mucho tiempo. El despego y la frialdad objetiva pueden servir para el mejor trabajo artesanal, pero hay ocasiones en que el arte necesita nutrirse con emociones profundas. Es cierto que, en el libro que comento ahora, el alejamiento del autor contribuye en «El jefe» a precisar la atmósfera caricaturesca y el clima satírico; que en el relato más extraño del volumen, «Por las azoteas», ese alejamiento acentúa la libre fantasía; y que en «Vaquita echada» la casi asfixiante objetividad da más relieve al carácter de los personajes. Pero en «Los moribundos», tal vez el mejor argumento del libro, la objetividad y el despego resultan más bien dañosos; este relato necesitaba pasión y fuerza, profundidad crítica y emoción humana. Ribeyro ha desaprovechado una historia extraordinaria (por su excesiva cautela) por su conciencia demasiado despierta, por su afán constante de no comprometerse, de no introducir sus emociones personales en la trama artística.


Creo que Tres historias sublevantes es un paso importante en el camino de Ribeyro. Es notable la seguridad técnica, la elegancia formal, común a todos sus libros anteriores, pero que en este alcanza su madurez, su plenitud. Cada uno de los cuentos está escrito con una técnica diferente: el primero es un relato en primera persona, de ritmo lento y parsimonioso que concuerda sutilmente con el apagado paisaje costeño que sirve de fondo a la acción; el segundo sucede en la sierra, es más rápido y acezante, dicho también en primera persona, pero no por el protagonista, como en el caso anterior, sino por un personaje secundario, por un testigo accidental de la acción, que de ese modo se nos aparece de un modo tangencial y abrupto; el tercer relato acontece en la selva y su técnica es más complicada: una sucesión de monólogos dichos o pensados por cada uno de los personajes que intervienen directa o indirectamente en el drama, que se desencadena de una manera prefijada, incontenible.

Pero hay un mérito más de Ribeyro en este libro: su propósito de sumergirse en una realidad peruana recreada con amor. La primera historia, «Al pie del acantilado», es, para mi gusto, la mejor. El ambiente y los personajes están dibujados con gran exactitud, el argumento avanza con una lógica rigurosa e implacable; nada en el relato es excesivo y aunque siempre notamos la ausencia de una íntima pasión creadora hay cierta amarga grandeza en la historia de las gentes humildes que nada poseen y que se agarran instintivamente a un pedazo de tierra inhóspito junto al mar. El despego artístico que acentuaba la gratuidad de algunos cuentos anteriores suyos sirve en «Al pie del acantilado» para aumentar la amargura y la verosimilitud de la anécdota.

La segunda historia, «El chaco», es fuerte y violenta, pero hay algo de falso en ella; la frialdad de Ribeyro parece esta vez un recurso para disimular su desconocimiento del ambiente. Encuentro cierta semejanza entre esta historia y el admirable «Calixto Garmendia», de Ciro Alegría: ambos narran la impotencia de un hombre del pueblo en su lucha contra los poderosos. El relato de Ribeyro es más duro y trágico, pero lo siento menos verdadero que el de Alegría, menos noble también y menos triste.

La tercera historia, «Fénix», es por su técnica complicada y preciosa, la más brillante de las tres, y también la más artificiosa, la menos vivida y viviente. El drama de un hombre fuerte de un circo, aplastado por la vida y que se venga enloquecidamente, durante una pantomima, de su opresor más inmediato, es, a todas luces, elaborado y literario. Las otras dos historias relatan anécdotas más o menos típicas de los ambientes donde se desarrollan; «Fénix» con su circo ambulante sucede en la selva solo por accidente. Un circo es, además, un lugar universal y romántico, un mundo aparte, fácilmente poetizable y donde la fantasía psicológica de un escritor circula con libertad. Esta historia nos muestra con claridad una faceta importante, una predilección de Ribeyro: los personajes desasidos de la realidad inmediata y común. Estudiantes desorientados, vagabundos, aristócratas desvencijados, en decadencia y, en todo caso, gentes de la pequeña burguesía colocadas en una situación singular, desusada, son los materiales de sus cuentos. Cuando alguna vez señala acontecimientos típicos de una realidad cotidiana como en «El banquete» (Cuentos de circunstancias, 1958) y «El jefe» (Las botellas y los hombres, 1964) lo hace de una manera estilizada y caricaturesca. «Fénix» tipifica una tendencia íntima de Ribeyro, explica en parte su objetividad, su despego artístico y, por último, explica los peligros a que está expuesto su arte. Yo creo que Ribeyro debe decidirse ya a escribir una obra grande, una novela; le sobra capacidad para hacerlo, como lo demuestra Crónica de San Gabriel, novela menor pero excelente; debe también decidirse a examinar la realidad que lo circunda con más pasión y con más amor. Quienes admiran su arte esperan mucho de Ribeyro y saben que puede hacer mucho más de lo que él mismo cree.

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