miércoles, 1 de febrero de 2012

Sobre «Las botellas y los hombres» (1964)


OVIEDO, José Miguel (1964). «Soledad y frustración de una sociedad. Cuentos de Julio Ramón Ribeyro». En: «Suplemento Dominical», de El Comercio, Lima, 10 de mayo, p. 8.



En Julio Ramón Ribeyro, nuestro realismo urbano tiene a uno de sus más auténticos representantes, y a uno de sus narradores jóvenes más enterados, tenaces y con prestigio aun fuera del país. Cuando se habla de Ribeyro se le asocia inmediatamente a una imagen característica de Lima: la ciudad semimoderna, gris y profundamente triste en la que vive nuestra clase media urbana, compuesta por humildes profesionales, empleaduchos, profesores, cobradores, que habían desfilado por sus dos anteriores colecciones de cuentos (Los gallinazos sin plumas, 1955; Cuentos de circunstancias, 1958). Apreciar hasta qué punto el autor había afinado su percepción y ampliado su actitud comprensiva hacia estos dos grandes objetos literarios —Lima, la clase media: la urbe de hoy, en síntesis— era una cuestión de importancia para establecer el rumbo por el cual marchaba al comenzar su madurez de escritor. La respuesta que la tenemos en Las botellas y los hombres, su último libro de cuentos, colección en la que se encuentran, seguramente, algunos de sus relatos más admirables, más nítidos en intención y forma.

El cuento que da título al libro (y que hace pensar, erróneamente, en un estudio de alcoholismo como una constante social) es el más flojo del conjunto y, en realidad, no merece encabezarlo: reúne dos figuras humanas bastante patéticas —el hijo social climber [trepador], el padre borracho y vulgar— para mostrar cómo la primera, entre los humos del alcohol y la violencia, reencuentra las raíces que lo atan a la segunda, a su origen pobre, a sus gruesas diversiones; sin embargo, el acontecimiento desencadenante de la cruel pelea entre los protagonistas —las injurias del padre contra la madre— parece demasiado diminuto o demasiado manido, o ambas cosas a la vez: en todo caso, ineficaz para justificar el destino que se decide al final. Un aspecto de interés en este cuento es el uso, más agudo que nunca, de la lengua popular (francamente, nuestra jerga criolla: «hay que venir muy palé, con pantalón tubo», «pásame la dolorosa», etcétera) para acentuar los perfiles de un ambiente pintoresco y zafio.

Los tres cuentos que siguen son de muy distinto tono. «Los moribundos» es un notable, humanísimo relato —probablemente construido a partir de un recuerdo de infancia del autor— sobre un episodio de la guerra del 40 con Ecuador: esta historia de unos niños que ven cómo se deja morir a un soldado peruano, de quien solo se atreve a compadecerse otro ecuatoriano, también herido, mientras mientras afuera resuenan los gritos de victoria, contiene una austera y conmovida protesta contra la injusticia de la guerra, de toda guerra. Con «La piel de un indio no cuesta caro», el libro penetra más decididamente en el terreno de la crítica social (que, por cierto, no falta en casi en ningún cuento) y en el ámbito de una clase media emergente, ansiosa de poder, fría en sus cálculos, ostentosa. Un pequeño sirviente serrano muere electrocutado en los terrenos de un club exclusivo, a causa de una instalación eléctrica deficiente, Miguel, su joven patrón lo sabe, y durante unas horas se deja guiar por los impulsos generosos que esa muerte despierta en él, pero la presión, la influencia de sus amigos, la frívola indiferencia de su mujer (una acertada contrafigura o producto de ese lujo y del sistema que soporta ese lujo), lo doblegan: Miguel renuncia a la justicia y se resigna a la habitual caridad del dinero. «Por las azoteas» está escrito en un estilo lírico y fuerte actitud de sugestión («A los diez años ya era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos») que recuerda a «Los eucaliptos», esa bella evocación de los dorados años de la niñez en una Lima idílica y apacible; aquí es un niño autocoronado como el amo de las típicas azoteas limeñas, que encuentra a un fantasmagórico personaje —una especie de filósofo bondadoso, de vagabundo sabio— que enriquece su imaginación y le brinda la experiencia de la muerte.

Lo mejor del volumen está en el resto: son los cuentos realistas del drama cotidiano que vive la clase media más oscura, drama que se resuelve habitualmente en la frustración y en la «soledad social» (el sentirse pertenecer a una clase sin destino, sin conciencia de ella misma); son los cuentos más fluidos y naturales de Ribeyro, los que dejan el sabor melancólico, agridulce, de la continua derrota que acompaña a ciertos seres y los ata a un contexto social mezquino; son, en fin, cuentos chejovianos: anécdotas de lo trivial, diálogo de sordos, atmósfera de implicancias y sutiles alusiones, incisiva penetración en el fundamento económico de la sociedad para explicar su «lucha de clases», etcétera. La frustración brota inclusive ante el aspecto físico de los barrios en los que se refugia la pequeña burocracia limeña: «Cuando el ómnibus lo desembarcó en Lince, Ramón se sintió deprimido, como cada vez que recorría esos barrios populares sin historia, nacidos hace veinte años por el arte de alguna especulación, muertos luego de haber llenado algunos bolsillos ministeriales, pobremente enterrados entre la gran urbe y los lujosos balnearios del sur. Se veían chatas casitas de un piso, calzadas de tierra, pistas polvorientas, rectas calles brumosas donde no crecía un árbol, una yerba». La cita corresponde a «Dirección equivocada», cuento en el que un cobrador halla la casa que busca, pero que no se atreve a cumplir su cometido cuando, tras el rostro femenino que lo atiende, advierte que «ese mundo estaba desierto, que no guardaba otra cosa que una duración dolorosa, una historia marcada por el terror». «El profesor suplente» se inicia con estas notas de sórdida trivialidad: «Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres...»; y termina con la frustración: Matías, cobardemente, no se atreve a dictar la clase que le han conseguido y afirma, para huir, que es solo un cobrador. «El jefe» es una irónica crítica a la efímera camaradería de jefes y empleados, en cuanto disimula la verdad: un mundo de jerarquías, de órdenes y sistemas abstractos. Son excelentes cuentos chejovianos «Una aventura nocturna», que culmina en una escena de casi grotesca frustración sexual, en la que Arístides comprende que está condenado a pertenecer a «esa familia de gentes que, como él, llevaban en la solapa la insignia invisible de la soledad»; «De color modesto», en el que Alfredo, después de exhibir «descaradamente el espectáculo de su soledad», enamora a una sirvienta negra, la defiende en un incidente policial, pero es incapaz de mostrarse con ella en el parque Salazar, en «todo ese mundo despreocupado, bullanguero, triunfante, irresponsable y despótico calificador». Pero el cuento verdaderamente extraordinario y perfecto del libro se titula «Vaquita echada», paradigma de la objetividad narrativa, del manejo del interés y el suspenso, que contiene una potente crítica a la deshumanización del mundo burgués. Es el más chejoviano de todos porque consiste, por completo, en la elusión deliberada de una acción —que solo se comenta vagamente, a medias palabras, con retazos de diálogo— que presenta, con frío verismo, la deformación de los sentimientos en el juego formal del cumplimiento social, la mecanización de las relaciones humanas y la inercia de la rutina.

Julio Ramón Ribeyro ha dado en Las botellas y los hombres una muestra muy exacta de la maestría de cuentista que ha alcanzado al pisar apenas los 35 años, y ha enriquecido a la narrativa peruana con un buen grupo de relatos cortos que ofrecen, con todo rigor formal e intelectual, un testimonio de la sociedad en que vivimos, de sus más dolorosas contradicciones y angustias.

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